Llegando a Tijuana

Ya estoy en Tijuana. Fueron casi tres horas de vuelo, tres horas que me las pasé dormida porque eso de levantarme en la madrugada definitivamente no es lo mío. Siento que me arden los ojos y me duele la cabeza. Desayuné un vasito chiquito con jugo de manzana y una barrita de granola que nos dieron en el avión. En un rato más me voy a montar mis fotos en el stand que me tocó, pero antes voy a comer algo decente que me muero de hambre.

Me traje mi pasaporte y mi visa, por si de repente puedo cruzar a San Diego, el hermano gemelo de Tijuana. Pero San Diego no me interesa tanto. Tijuana atrapa toda mi atención.  Es como si estuviera en otro continente, separada de México, en el fin del mundo. Y quiero conocerla como se conocen todas las ciudades: caminando, pero también hacerlo como yo lo hago; a través de mi cámara, retratar sus esquinas, sus plazas, sus rincones y la gente que la vive todos los días.

Traigo conmigo, por supuesto, mi inseparable Nikon, que está a punto de estrenar un telefoto nuevo 70-300mm. Y filtros, tripié, batería, flash y toda esa parafernalia que siempre carga un fotógrafo. Prometo regresar con un mundo de fotos.

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